Desde el penal de Ciudad Serdán la rea —a quien llamaremos Rubí para proteger su identidad— añora con ansias que llegue 2029, pues es el año en el que terminará su condena y recuperará su libertad.
Desde ahora, hace planes de lo primero que hará una vez afuera y será localizar a su hija para volver a abrazarla, aunque tiene miedo de que ella no quiera verla.
Su historia comienza lejos de los muros fríos del penal. Nació en la Ciudad de México, aunque por decisiones de sus padres terminó mudándose al Estado de México cuando tenía apenas 10 años. Nezahualcóyotl, con sus calles repletas de vida y comercio, fue el lugar donde creció y también donde, siendo muy joven, nació su primera hija. Ahí empezó una vida que parecía ordinaria: trabajo, escuela y la responsabilidad temprana de ser madre.
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Desde los 15 años trabajó mientras estudiaba la secundaria. En la casa de su madre —una mujer dedicada a la costura y elaboración de prendas— aprendió lo que significaba ganarse el dinero con las manos. Entre telas, hilos y pedalear máquinas de coser. Conoció la rutina laboral y también el ruido cotidiano de un hogar que funcionaba sin lujos, pero con esfuerzo.

Ella aún era adolescente cuando llegó Sandra, hoy de 26 años, quien incluso ya la convirtió en abuela.
Para ese entonces, Rubí jamás habría imaginado que la maternidad volvería a alcanzarla mucho más tarde, en un lugar tan distinto, tan improbable, como una prisión. Ahí, tras las rejas nació Renata, su segunda hija, quien en agosto pasado cumplió nueve años.
Rubí lo cuenta entre risas tímidas y un poco de pena: la tuvo estando presa, vivió con ella tres años porque así lo permiten las reglas de los penales de Puebla, y fue en ese periodo cuando la niña llenó su encierro de una luz que aún recuerda mientras los ojos se le humedecen.
Hoy, a sus 42 años, lleva 16 dentro de su condena de 20, y cada día que pasa se acerca más a ese 2029 que tiene grabado en la mente como una fecha de esperanza, pero también de miedo.
El traslado al penal femenil de Ciudad Serdán la distanció de su hija
Rubí comenzó su estancia en el penal de San Miguel, en Puebla capital, que durante años concentró a la mayor población de mujeres privadas de la libertad.
Ahí construyó rutinas, amistades, un pequeño espacio donde sentirse relativamente estable, incluso dentro de la cárcel, pero cuando se ordenó el traslado hacia el penal de Ciudad Serdán, durante el gobierno de Luis Miguel Barbosa, algo dentro de su vida familiar terminó por quebrarse.
El cambio de penal significó también el distanciamiento definitivo con su esposo.
“Desde ahí dejé de tener comunicación, y por tanto con mi hija. Lo último que sé es que él se la llevó a Cancún, donde está viviendo”, relata.
Ese traslado, que para la mayoría significó solo un cambio de espacio, para ella representó perder los últimos hilos que la conectaban a su hija menor.
Rubí porta unas gafas de armazón blanco, con micas café vino que impiden observar con claridad sus ojos al hablar, pero no logran ocultar el tono que quiebra su voz cuando menciona que la única forma de saber cómo está Renata es a través de su madre.
“Ella le pregunta a mi suegra, que hace de intermediaria”, dice con la cabeza agachada.
Aunque no le preocupa que a la niña le falte sustento, pues sabe que su padre tiene un buen trabajo, hay dos cosas que la atormentan a diario: el estado emocional de su hija y el miedo profundo de que cuando se reencuentren, ella no quiera verla o piense que la abandonó.
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Rubí intenta mantener una imagen firme. No pierde el glamour dentro del penal: se pinta los labios, se pone rímel, se peina con cuidado. Habla con pausas largas, respira hondo y ríe nerviosamente cuando recuerda que fue en San Miguel donde enseñó a Renata las vocales, los números del uno al diez e incluso un poco de inglés.
“Está en buenas manos, eso me tranquiliza. Ella no sabe que estoy en prisión, pero me da miedo que piense que preferí el trabajo. Me pesa demasiado no tener una llamada con ella”, confiesa.
La presión de la familia por arrebatarle su hijo
El enojo le resurge cuando habla del padre de la niña. Él la presionó para que firmara la custodia total con el objetivo de poder sacarla del país. Le dijo que así podría llevarla a Disneylandia, invitación de su cuñada, “porque la verdad su familia sí tiene dinero”, recuerda.
Rubí se negó. No porque no quisiera que su hija viajara, sino porque sabía que firmar implicaba renunciar por completo a la posibilidad de verla en el futuro. “Yo le dije: llévala a conocer México, que conozca su país”, expresa con firmeza.
Esa postura endureció aún más la relación. Su exmarido llegó a reprocharle que su encarcelamiento estaba arruinando los planes familiares y, según Rubí, incluso la responsabilizó de “frustrar su vida”.
Ella escucha todo esto desde la distancia de las rejas, con la impotencia acumulada de una madre separada a la fuerza.
Aun así, recuerda con ternura las pláticas telefónicas que alguna vez alcanzaron a tener. Renata, con la naturalidad de una niña pequeña, le decía que en el kínder no aprendía nada porque “yo ya todo lo sé, tú me lo enseñaste”. Ese recuerdo la acompaña todos los días.
Rubí sabe que cuando salga, Renata tendrá 14 años. “Ya tendrá su vida hecha”, dice. Y aunque su mayor deseo es buscarla en cuanto cruce la puerta del penal, también está lista para enfrentar que tal vez no será recibida con los brazos abiertos.
La Navidad, una temporada que causa nostalgia
Rubí mantiene comunicación constante con su madre, de 67 años, y con sus hermanas. Ellas la visitan cuando pueden, le llevan maquillaje, cremas, pequeños objetos que la ayudan a sentirse un poco más ella misma dentro del penal.
Solo conoce a uno de sus nietos, pues toda su familia sigue viviendo en la Ciudad de México.
La Navidad, para Rubí y para muchas otras internas, es una fecha de emociones encontradas.
“La pasamos en el cuarto con las compañeras. Pedimos permiso para dormir un poco más tarde, platicamos y si tenemos oportunidad compramos algo de comer”, cuenta.
En ese ambiente, entre risas suaves y silencios largos, surge una especie de familia improvisada.

Para ella, estas fechas son profundamente nostálgicas. Recuerda las cenas familiares, los abrazos, la presencia de los seres queridos que ahora solo puede imaginar.
“A muchas sí como que nos baja, nos desanima. Y siento que más a las que llevan poco tiempo”, explica. Después de 16 años, dice que el dolor se hizo más llevadero, pero no desaparece.
Aun así, no deja pasar la oportunidad de mandar felicitaciones a su familia y agradecer a las compañeras que hoy se convirtieron en soporte emocional. “Al final, son una familia”, afirma.
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Aprovecha para señalar una diferencia importante, las mujeres encarceladas son más olvidadas que los hombres, San Miguel es un penal mixto, donde constató esta desigualdad de género, porque ellos nunca dejaron de ver a sus parejas.
“Yo me daba cuenta cómo las mujeres son más entregadas y no dejan solos a sus hombres, ¿no? Y aquí es al revés ellos nos olvidan, nos dejan. No les importan cómo estemos”, destacó.
Dentro de su encierro, Rubí sostiene un sueño simple, pero enorme: volver a abrazar a su hija. Ese deseo, tan humano y tan frágil es lo que la mantiene de pie mientras espera que llegue 2029 y con ello la posibilidad de reconstruir lo que la distancia y el encierro han intentado romper.





