Por Mtra. Guillermina Margarita López Corral
La película Perfect Days (2023), dirigida por Wim Wenders, presenta la vida cotidiana de Hirayama, un hombre de mediana edad que habita un pequeño departamento en Tokio. Su existencia transcurre con una sencillez que, lejos de ser insignificante, revela una profunda forma de comprender la vida. Cada mañana despierta temprano, se asea, riega con cuidado las plantas que crecen en la pequeña terraza de su departamento y se dirige a trabajar. Antes de iniciar su jornada sube a su modesta camioneta, elige un cassete y escucha con entusiasmo clásicos del rock y del blues de las décadas de los sesenta y setenta, como Nina Simone o The Animals. La música acompaña un ritual diario que parece inalterable y que constituye el ritmo de una vida construida desde la serenidad.
Su trabajo consiste en limpiar los sanitarios públicos distribuidos por la ciudad. Aunque para muchas personas podría tratarse de un empleo invisible o poco valorado, Hirayama lo desempeña con una dedicación extraordinaria. Cada espacio es atendido con esmero, como si el acto de limpiar fuera también una forma de dignificar la vida de quienes utilizan esos lugares. A media mañana hace una pausa para almorzar en un parque cercano a un templo. Sentado en una banca, observa en silencio cómo la luz del sol atraviesa las hojas de los árboles y crea sombras cambiantes. Esa contemplación cotidiana expresa una sensibilidad capaz de encontrar belleza en aquello que suele pasar desapercibido.
Al finalizar el día regresa a casa, lee unas páginas antes de dormir y, una vez por semana, disfruta del baño público, donde el agua tibia y el vapor se convierten en un espacio de descanso y renovación. Los fines de semana limpia su departamento, lava su ropa en la lavandería del barrio y visita una pequeña taberna donde comparte, sin grandes discursos, momentos de convivencia con quienes forman parte de la comunidad. Allí come, escucha música en vivo y experimenta una felicidad serena que nace de la sencillez y de la repetición consciente de los pequeños actos cotidianos.
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La película rompe con el imaginario de las sociedades contemporáneas, caracterizadas por la velocidad, el consumo permanente y la hiperconectividad. Hirayama no vive sometido a la prisa ni a la lógica de la inmediatez tecnológica. Su tiempo está organizado alrededor de aquello que considera verdaderamente importante: el trabajo bien hecho, el descanso, la contemplación, la lectura, la música y el encuentro respetuoso con los demás. Los jóvenes que aparecen en la historia encuentran en él una figura discreta, pero profundamente significativa. Aprenden de sus libros, de su música y, sobre todo, de su manera de habitar el mundo.
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En esta aparente simplicidad se encuentra el eje ético de la película: el cuidado. Cuidar de sí mismo, cuidar del entorno, cuidar de la comunidad y cuidar de la naturaleza aparecen como dimensiones inseparables de una misma forma de vivir. Cada gesto cotidiano —regar una planta, limpiar un sanitario, ordenar la casa, respetar los silencios, compartir una comida o contemplar un árbol— expresa una ética basada en la responsabilidad, la atención y la compasión. El cuidado deja de ser una tarea excepcional para convertirse en una práctica permanente que sostiene la vida.
Desde esta perspectiva, la película dialoga con las reflexiones contemporáneas sobre la ética del cuidado, al mostrar que la vida humana se construye desde la vulnerabilidad, la interdependencia y la capacidad de atender las necesidades propias y ajenas. Nadie puede cuidar de otras personas si antes no aprende a cuidar de sí mismo. El descanso, la alimentación, la higiene, el tiempo para la contemplación y el ocio no representan actos de egoísmo, sino condiciones indispensables para sostener una existencia saludable y, desde ella, construir vínculos solidarios con los demás.
Uno de los aspectos más conmovedores de Perfect Days es que comunica todo ello con muy pocas palabras. La mayor parte del relato se desarrolla mediante silencios, miradas y gestos. La corporalidad de Hirayama transmite serenidad, respeto y una profunda conciencia de la dignidad de cada ser vivo. Como escribió el poeta Hugo Mujica, “hay días, al caer la tarde, en que la vida nos cuenta algo del perdón que recibimos”. Encuentra en la aparente fragilidad de los pequeños actos cotidianos una enorme fuerza transformadora. La película recuerda que el cuidado constituye una práctica ética capaz de restaurar el vínculo con uno mismo, con las otras personas y con el mundo natural.
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En tiempos marcados por la aceleración, la competencia y la fragmentación de los vínculos sociales, Perfect Days propone una reflexión sobre la posibilidad de vivir de otra manera. Nos invita a reconocer que la felicidad puede encontrarse en la repetición consciente de los gestos cotidianos y que el cuidado, ejercido con responsabilidad, respeto, gratitud y compasión, representa uno de los fundamentos más importantes para construir una vida digna y una convivencia más humana.





