Bien dicen que “los libros son el mejor remedio para abrir la mente”, o al menos en eso coincide Rosy, una interna del penal femenil de Ciudad Serdán, pues en ellos ha encontrado vivir un poquito alejada de las rejas que representa esta prisión.
Era mediodía del nueve de diciembre y ella dejó un rato su labor en el área de tejidos para atender la entrevista con MTP Noticias.
Envuelta en su uniforme color caqui, una chamarra de cierre que no se quita, pues pese al calor de esa hora, el viento que corre es frío, toma asiento frente a este reportero y cruza las manos esperando las preguntas.
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—¿Cuánto tiempo llevas aquí y cómo has aprovechado el tiempo adentro? — fue la primera pregunta obligada —
—Llevo 16 años. No tengo sentencia. Me dedico a la bisutería y al crochet.
En un inicio, Rosy solo contesta lo necesario y el acuerdo es no preguntar sobre el delito que la trajo aquí, pero poco a poco agarra confianza para hablar sobre la readaptación social y lo que la motiva afuera.
Habla con cautela sobre su llegada al penal de San Miguel, donde estuvo hasta 2023, pues después fue trasladada a esta prisión en Ciudad Serdán.
Su hijo y su madre de 70 años son quienes le surten material para realizar sus artesanías con visitas cada tres semanas.

Él tiene 19 años, estudia Derecho en una universidad privada en Puebla capital, y su hija, de 23, ya tiene a su familia.
A pesar de la distancia que los separa, ellos tres son su ancla a la libertad con la que sueña todos los días.
Rosy narra que ella trabaja las artesanías para apoyar un poco con el gasto de la universidad a su hijo, pues como toda madre, quiere verlo como todo un profesional, “mejor” que ella.
Con esa ilusión de aportar a su educación, Rosy elabora piezas de tejido todos los días mientras extraña el “huevito” que se come afuera.
“Siempre mi madre me dice: ‘te voy a llevar un guisadito’, pero yo le digo: ‘sí, mamá, pero no se te olvide el huevito”, cuenta entre risas.
Su escaparate para no extrañar tanto la libertad es ocuparse todo el día en el tejido y leer.
La lectura, una forma de cuidar la mente desde la prisión: Rosy desde penal de Ciudad Serdán
A Rosy le gusta mucho el suspenso y la ciencia ficción. Habla con verdadero entusiasmo de uno de los libros que más la marcaron: ‘Una educación’, de Tara Westover, que consiste en una autobiografía que narra la vida de una familia mormona que vive aislada en una montaña.
Relata los detalles con emoción: una familia llena de estigmas, donde la escuela “entrega a los hijos a Satanás”, donde los niños no están registrados y prácticamente no existen para el Estado.
“Ese libro me lo recomendó mi compañera; a ella se lo trajeron sus familiares. Me dijo que lo leyera para que pudiéramos comentarlo”.

En el penal, los talleres de autoempleo se convierten también en círculos de lectura. Todas se recomiendan ejemplares que hagan más llevadero este encierro.
“Nosotras no necesitamos celulares ni televisiones, esto (los libros) es lo que tenemos”, dice.
Sumergirse en el mar de letras es lo que les queda, y cada historia que leen se vuelve, por momentos, una puerta abierta a otro mundo.
Rosy y sus compañeras —las mismas con las que trabaja en artesanías y con quienes ha tejido una amistad profunda— forman su propio círculo de lectura.
Mientras sus manos ásperas y frías toman las agujas, el estambre y las cuentas de bisutería para crear figuras, los diálogos empiezan con frases como: “¿Qué te pareció la lectura?”.
“Te saca de este lugar (las pláticas sobre las lecturas)”, agrega y añade que las conversaciones pasan de los comentarios sobre lo leído a los chistes y risas.
“Está muy padre. Trabajar ahí (en las labores en el penal) te saca de este lugar”, insiste.
También leyó La Cúpula, de Stephen King. La literatura de terror, asegura riendo, “no me hace nada”. Su libro favorito es La Catedral del Mar, historia de un hombre que enfrenta adversidades enormes a lo largo de su vida. Quizá por eso la conmovió tanto.
Ella misma lee dos horas sentada en su cama, dentro de su celda. Termina su jornada laboral y lo primero que hace es abrir un libro para despejarse. “Fue fuente de inspiración”, señala con sinceridad.
Rosy y el pasado que dejó afuera
Rosy tiene 40 años. Es una mujer de pelo castaño, con pecas en las mejillas. Usa lentes y, durante la entrevista se mostró alegre, amena, tranquila.
Antes de pisar prisión, trabajó en una embotelladora, donde estuvo cinco años en el área de ventas. Su vida era, en apariencia, la de cualquier persona: trabajo, hijos, rutina, metas simples.
Terminó el bachillerato, pero fue en el penal de San Miguel donde pudo estudiar una licenciatura. Se convirtió en licenciada en Acondicionamiento Físico. Eligió esa carrera por su gusto por el ejercicio y porque le parecía una forma de mantenerse motivada
El clima en Serdán, sin embargo, limita su entrenamiento. El frío de las mañanas obliga a las internas a elegir entre ejercitarse y enfermarse, o permanecer dentro de las habitaciones con actividades como leer.
“Antes sí hacía ejercicio desde temprano, pero me enfermaba constantemente”, explica resignada.
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Aún así, busca la manera de mantenerse activa y aprovecha cuando puede el área de usos múltiples.
“No pertenezco aquí”, la ilusión de dejar el penal femenil de Ciudad Serdán
Aunque lleva 16 años privada de la libertad, Rosy lo afirma con una convicción que no titubea: “No me acostumbro a estar aquí. ¡Jamás!”. Sus ojos se cristalizan cuando lo dice.
Ha hecho vínculos, amistades, un círculo que la envuelve en afectos, pero aun así sentencia: “no pertenezco aquí”.
Con voz entrecortada admite que lo que más extraña es a su familia. A sus hijos. A su madre. Hay un silencio breve, ese que se instala cuando la memoria duele. Después, el diálogo retoma camino hacia su vida sentimental.
Cuenta que tiene once años sin ver a su esposo. Que perdieron comunicación. Después de cinco años en prisión, la convivencia se volvió complicada.
“La cárcel no tiene la culpa; es algo que tenía que suceder. Tampoco es algo que me atormente o que sienta que se me acabó la vida. He estado bien”, asegura con madurez.
Cuando se le pregunta si él la apoyó económicamente, sonríe tímidamente y hace un gesto que significa “muy poco”. Con esa misma expresión deja ver que la separación no la destruyó: pudo romper la dependencia emocional y seguir adelante por sí misma.
Estudiar, una oportunidad para cualquier preso
Rosy cuenta que, a parte de terminar su licenciatura, pudo ocuparse en otras cosas. Sin embargo, señala que en Ciudad Serdán la situación académica es más complicada.
Hay internas que quieren continuar sus estudios, pero aún no existe la infraestructura suficiente para lograrlo; es algo que sigue trabajando el gobierno de Puebla.
“A veces hay mucha negatividad cuando las autoridades hacen una invitación, porque la gente está ocupada y no tiene tiempo para actividades recreativas”.
Ella tiene la fortuna de contar con su propio círculo de lectura dentro del área de autoempleo, pero no todas las internas tienen esa posibilidad.

Rosy insiste: leer les da calma. Les abre la mente. Les ayuda a sobrellevar la rutina, la distancia, el encierro.
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Y mientras el viento frío atraviesa los pasillos del penal, Rosy regresa al taller. Entre estambres, agujas, risas y páginas, ha encontrado un refugio. Uno que la sostiene mientras sueña con volver a casa, con su madre, con sus hijos, con una vida que, aunque detenida, todavía la espera afuera.





