Son muros que rebasan los 30 metros los que abrazan a las internas del penal femenil de Ciudad Serdán. Ese lugar tiene capacidad para 726 mujeres, pero actualmente solo está ocupado por 562. Aun así, ellas se las ingenian a diario para salir adelante.
Los muros tienen un grosor mínimo de 20 centímetros, pero en el área de habitaciones llegan a duplicarse. Es concreto firme que aísla el calor y, entre el silencio que permea dentro del penal, el frío se vuelve su compañía constante.
El día comienza a las cinco de la mañana cuando encienden las luces de las habitaciones. La monotonía domina el ambiente: inmediatamente van a bañarse, desayunan y toman energía para iniciar la jornada laboral.
Te puede interesar: Detienen a dos custodios por intentar meter lencería y drogas en penales de Puebla
En un recorrido realizado por MTP Noticias en el interior del penal, fue posible dialogar con algunas mujeres privadas de la libertad, quienes compartieron cómo es su vida dentro de este centro ubicado en el municipio de Chalchicomula de Sesma.

Dentro de la cárcel, las mujeres tienen tres opciones para trabajar: la maquila, la elaboración de pinzas para tender ropa, o lo que llaman autoempleo, un taller de costura artesanal mediante la técnica de crochet.
En la maquila, un privado se encarga de la operación y del pago a las trabajadoras. El turno inicia a las nueve de la mañana y termina a la una de la tarde para la hora de comida; a las dos vuelven a reanudar actividades hasta las seis de la tarde.
A esa hora, el Sol apenas entra oblicuo por las rendijas de las rejas. El eco de las máquinas de coser, el golpeteo de las pinzas recién armadas y el murmullo de las mujeres que sueñan con un salario más digno construyen la atmósfera del día.
Algunas trabajan porque necesitan enviar dinero a casa; otras, para distraerse de la rutina y sentirse útiles en un lugar donde todo parece estático. Y hay quienes, simplemente, buscan la sensación de libertad que da el acto de crear algo con las propias manos, aunque estén rodeadas de concreto.

Penal femenil de Ciudad Serdán: la vida es cara
Aunque trabajan y reciben un sueldo por sus actividades o por la venta de artesanías, la vida dentro del penal femenil de Ciudad Serdán es costosa. Un pan blanco de caja llega a costar 65 pesos, mientras que 400 gramos de quesillo alcanzan los 100 pesos.
Las internas manifestaron que lo que ganan no es suficiente, pues el encarecimiento dentro del penal es muy alto. A veces dependen de lo que les llevan sus familias, pero “hay quienes ni siquiera vienen a ver”.
La economía interna funciona con sus propias reglas. En la tiendita, cada producto se convierte en un lujo y, a veces, en un recordatorio de la distancia que existe entre estas mujeres y el exterior. Un jabón, una pasta dental, un paquete de toallas femeninas: todo cuesta más adentro que afuera. Para algunas, pagar algo tan básico significa renunciar a otro producto igual de necesario.

De acuerdo con datos de la Plataforma Nacional de Transparencia (PNT), con folio 211204225000211 —solicitados por este reportero— al menos el 29 por ciento de las internas no registran ni una sola visita en 2025. La cifra es un golpe seco: son mujeres que no reciben un pan, un abrazo o una voz que pregunte por ellas.
La información proporcionada por la Secretaría de Seguridad Pública del estado de Puebla (SSP) indica que ese sector es el que predomina. Incluso hay un caso excepcional de una mujer que registró más de 60 visitas en el año.
La desigualdad se observa incluso en las relaciones afectivas: mientras unas reciben visitas contadas o inexistentes, otras escuchan su nombre decenas de veces en la lista del área de revisión. Para quienes están solas, la ausencia se convierte en un muro —más grueso que cualquier concreto— que deben aprender a sobrellevar.

Algunas internas aseguran que lo único que les queda es la compañía entre ellas, aunque reconocen que no quieren crear vínculos cercanos para no “sentir feo cuando alguien se va”. En un entorno así, el afecto es un riesgo y la amistad una forma de resistencia.
Área de maternidad
El área de maternidad del penal femenil de Ciudad Serdán es un espacio distinto, donde las risas y los niños corriendo rompen la solemnidad del resto del lugar. Mientras en el penal prevalece la dureza, allí el ambiente cambia.
La solicitud de información 211204225000210 revela que son nueve madres las que viven con sus hijos. Al menos cinco de ellos nacieron en las nuevas instalaciones inauguradas por el fallecido gobernador Miguel Barbosa.

En el área se observa un mural: una madre abrazando a su hijo con la frase “un abrazo de cielo, para ti”. A diferencia del resto de los muros del penal, aquí los colores blanco y azul se combinan con carruseles y figuras en tonos pastel.
El contraste es tan marcado que basta cruzar la puerta para sentir una bocanada distinta. Las carcajadas infantiles resuenan en el pasillo como un eco improbable dentro de un penal de alta seguridad. Los juguetes de plástico brillan más que las placas metálicas de los dormitorios. Y las internas con hijos caminan erguidas, como si la maternidad fuera un escudo capaz de suavizar la sombra del encierro.
Lee: Custodios golpean e incomunican a reo del penal de San Miguel, acusan
Los niños que viven con sus madres reciben cuidados especiales mientras las internas trabajan. Existe una guardería donde un grupo de mujeres se encarga de su educación y aprendizaje. Allí se escucha el abecedario, canciones infantiles y las instrucciones suaves de quienes cuidan.
Sin embargo, los menores deben salir del penal cuando cumplen tres años, momento en que pasan a cargo de su padre o de otros familiares. Cada llegada de un cumpleaños se convierte en un anticipo del adiós: un ciclo que se repite año con año entre lágrimas contenidas y partidas inevitables.

La lectura, el arma de escape
Dentro del área de usos múltiples se encuentra la tan odiada ‘tiendita’ por sus altos costos, pero también la biblioteca. Esta cuenta con mil 200 ejemplares que, según una interna, sirven como escape para despejar la mente; asegura que al menos el 80 por ciento de las mujeres toma algún libro.
Hay de todo: superación personal, filosofía, novelas, novelas históricas, cuentos, poesía, textos académicos y material sobre la historia de Puebla. Según la encargada de la biblioteca, lo más solicitado son los libros de filosofía, superación y novelas cómicas o de terror.

La biblioteca parece un salón de clases, pues también se imparten talleres como rondalla, a cargo de una interna que participó en ‘La Voz Penitenciaria’, concurso organizado por el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (Inbal).
Para muchas, la lectura es más que un pasatiempo: es una forma de romper el tiempo rígido del penal. Leer significa viajar fuera de los muros, escuchar voces distintas, imaginar calles o personajes que contradicen la dureza del encierro. Algunas mujeres leen en silencio junto a las rejas; otras subrayan con lápiz los pasajes que les recuerdan quiénes fueron antes de estar allí.
Fuera del aula hay tres murales que adornan el patio de usos múltiples. El más emblemático se llama ‘Liberadas’ y muestra la figura de una mujer embarazada acompañada de dos más a su lado. Es un gesto simbólico: imágenes que recuerdan que, aun en reclusión, las mujeres pueden reescribirse.
En la tiendita hay mesas de Coca-Cola donde las visitas conviven y comparten alimentos con sus familiares privados de la libertad. Es ahí donde la vida cotidiana intenta parecerse a la del exterior: un refresco, una comida compartida, una risa que dura apenas el tiempo que permite la visita.
Tiene área médica, pero sin especialistas
El centro penitenciario femenil solo tiene un médico general para más de 500 mujeres. Cuenta con áreas de odontología, oftalmología, ginecología, rayos X y hasta un quirófano, pero no hay especialistas que atiendan allí.
Durante el recorrido, únicamente una encargada mostró las instalaciones. Fanny Elizeth Quintero, jefa de custodios, explicó que “los médicos que tendrían que consultar ahí prefieren sus propios intereses y dejan abandonados los consultorios”.

Los pasillos del área médica parecen nuevos, casi intactos. Ciertos equipos permanecen cubiertos con plástico, como si esperaran a alguien que tal vez nunca llegará. La ausencia de especialistas se traduce en citas pospuestas, tratamientos incompletos y diagnósticos tardíos.
Muchos aparatos están nuevos e inutilizados; algunos todavía mantienen las envolturas, lo que evidencia la necesidad de atender este punto para prevenir enfermedades y brindar una mejor atención a las internas.
La salud se vuelve una lotería, y las mujeres, con humor resignado, dicen que enfermarse “es lo último que conviene” dentro del penal. Y porqué ellas buscan su propio medicamento con sus familiares o también lo tienen que comprar.
Negarse a acostumbrarse, la forma de resistir
Las mujeres que hablaron para este medio —y que prefirieron mantener el anonimato— se niegan a acostumbrarse a este inhóspito lugar. Para ellas, ceder significaría dejar atrás a sus familiares, su vida anterior y su origen.
Existen casos de mujeres sin sentencia que llevan más de 10 años tras las rejas. Ellas esperan aún salir algún día y volver con los suyos, evitando establecer vínculos cercanos para “no sentir feo cuando alguien se va”.

En el penal, resistir no siempre significa pelear: a veces es levantarse temprano, bañarse con agua fría, trabajar largas horas, soportar la ausencia de visitas o la incertidumbre de un proceso legal estancado. Resistir es también leer un libro, aprender a tejer, abrazar a un hijo o mirar el cielo entre barrotes.
Las internas coinciden en algo: no quieren que el encierro las defina. Mientras esperan sentencias, apelaciones o visitas que no llegan, se aferran a pequeñas rutinas que les recuerdan que siguen vivas.
Sugerimos: Con cerveza reos hacen fiesta en penal de San Miguel, autoridades ya investigan
En cada esquina del penal se siente esa lucha silenciosa. Un esfuerzo por no permitir que los muros —tan altos, tan gruesos, tan fríos— se vuelvan parte de ellas. Porque, aunque estén lejos, aunque la vida sea costosa, aunque los pasillos retumben con silencio, las mujeres del penal de Ciudad Serdán han encontrado una forma de resistir: negarse a acostumbrarse.





