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Publicado enCírculo de escritores

Confiar en la escuela

Así como confiamos en el médico para cuidar nuestra salud, necesitamos volver a confiar en los educadores.
Columna de Académicos Ibero Puebla: Círculo de Escritores
Imagen de columna de Círculo de Escritores Créditos: Diseño MTP Noticias

Por Leopoldo Díaz Mortera

Encuentro con Gregorio Luri en la Prepa Ibero Puebla

A propósito del encuentro que sostuvimos académicos de educación media superior en la Preparatoria Ibero Puebla, con el filósofo y pedagogo español Gregorio Luri, me gustaría compartir algunas reflexionar sobre el acompañamiento del estudiantado y lo que implica una educación de calidad con sentido humano. Estás reflexiones buscan que tanto familia como otros actores sociales, reconozcan la importancia de confiar en la escuela, para construir juntos posibilidades de futuro. Al final, todos tenemos la misma responsabilidad, ayudar a nuestros jóvenes a formarse como las mejores personas que pueden ser ejerciendo una ciudadanía activa.

En este sentido, imaginemos una persona que acude al médico, seguro elige a un profesional por su prestigio, su experiencia o su especialidad. Una vez en consulta, escucha el diagnóstico, sigue las indicaciones y procura cumplir el tratamiento recomendado. Puede pedir una segunda opinión, desde luego, pero difícilmente pretenderá sustituir el criterio médico por una búsqueda en internet o por algunas conversaciones con conocidos. Entiende que está frente a alguien que ha dedicado años a formarse para comprender aquello que él desconoce. Con la escuela debería ocurrir algo similar, pero no es así.

Resulta curioso que esta lógica, tan natural en el ámbito de la salud, desaparece cuando hablamos de educación. Muchas familias eligen deliberadamente una escuela, conocen su proyecto educativo, revisan su propuesta formativa y deciden inscribir ahí a sus hijas e hijos. Sin embargo, una vez dentro, no es extraño que intenten modificar aquello mismo por lo que la eligieron en primer lugar. Se deposita la confianza en una institución para educar, pero simultáneamente se cuestiona la autoridad profesional de quienes han sido preparados para hacerlo.

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Gregorio Luri recupera una imagen particularmente sugerente para pensar esta realidad: el docente como un médico del alma. La analogía es poderosa porque nos recuerda que educar no consiste únicamente en transmitir información ni en acompañar procesos de aprendizaje. Educar implica intervenir en la formación de una persona. Significa ayudar a construir una personalidad, contribuir a la imagen que un estudiante desarrolla de sí mismo y acompañarlo en el descubrimiento de aquello que puede llegar a ser.

Como ocurre con cualquier tratamiento médico, no todas las prescripciones educativas resultan agradables en el momento. Aprender exige esfuerzo, disciplina, repetición, corrección y, con frecuencia, frustración. El buen maestro no siempre ofrece aquello que el estudiante desea, sino lo que necesita para crecer. Del mismo modo que un médico, el maestro también a de recetar algo que podría no sentar bien al cuerpo, pero que al final le hará bien al estudiante, el docente propone actividades, lecturas, ejercicios y exigencias que buscan desarrollar capacidades que aún no existen plenamente.

Esta autoridad, sin embargo, no debe confundirse con autoritarismo. Luri insiste en la necesidad de una autoridad fuerte, pero cercana. El estudiante es nuestro igual en dignidad, aunque no en experiencia, conocimiento o responsabilidad. Precisamente porque reconocemos su dignidad, asumimos la obligación de acompañarlo hacia aquello que todavía no puede alcanzar por sí mismo. El maestro, en palabras de Luri, es un especialista en el no saber del alumno. Conoce los caminos que el estudiante aún no ha recorrido y puede ayudarlo a descubrir capacidades que ni él mismo sospecha poseer.

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Quizá uno de los problemas contemporáneos es que hemos comenzado a desconfiar de cualquier forma de autoridad. En nombre de la autonomía, pareciera que toda orientación externa representa una amenaza. Sin embargo, la verdadera autonomía no surge espontáneamente. Nadie se vuelve autónomo en soledad. Necesitamos de otros para aprender a pensar, para desarrollar criterio y para ampliar nuestros horizontes. La educación no limita la libertad; la hace posible.

Por eso la escuela desempeña una función insustituible. Como señala Luri, la escuela es el lugar donde convergen todos los problemas sociales. Recibe estudiantes con historias familiares distintas, con desigualdades económicas, con heridas emocionales, con intereses diversos y con enormes diferencias culturales. Pretender que la escuela resuelva por sí sola todos estos desafíos es injusto; pero ignorar su papel fundamental sería igualmente irresponsable.

Esta misión exige confianza de los docentes en sus alumnos, para ayudarlos a ver posibilidades que aún no perciben; confianza de los alumnos en sus docentes, para dejarse conducir por quienes conocen el camino y confianza de las familias en la escuela, para reconocer que la educación es una tarea profesional que requiere conocimientos, experiencia y criterio especializado.

No se trata de excluir a las familias del proceso educativo ni de convertir a la escuela en una institución incuestionable. Se trata de reconocer que cada ámbito tiene responsabilidades específicas. Así como confiamos en el médico para cuidar nuestra salud, necesitamos volver a confiar en los educadores para acompañar el crecimiento intelectual y humano de nuestros jóvenes.

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En una época marcada por la incertidumbre, las tecnologías y la abundancia de información, esta confianza resulta más necesaria que nunca. Porque educar sigue siendo, en esencia, una tarea profundamente humana: ayudar a alguien a convertirse en la mejor versión posible de sí mismo. Y para lograrlo, necesitamos escuelas capaces de ejercer con responsabilidad su autoridad y comunidades dispuestas a reconocer el valor de quienes han hecho de la educación su vocación y su oficio.

El autor es académico de la Universidad Iberoamericana Puebla.
Correo electrónico: [email protected]
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