Por Fátima Yazmín Coiffier López
El pasado 11 de junio comenzó oficialmente la Copa Mundial de la FIFA 2026, el torneo de fútbol más importante del planeta. México volvió a hacer historia al albergar el partido inaugural, en el que la selección nacional enfrentó a Sudáfrica, convirtiéndose en el primer país en recibir tres inauguraciones mundialistas. La magnitud del evento es indiscutible. Millones de personas siguen los partidos, las conversaciones giran en torno a resultados y pronósticos y el fútbol parece ocupar cada espacio de la vida cotidiana.
Sin embargo, mientras los reflectores internacionales apuntan hacia la fiesta deportiva, resulta inevitable observar otra realidad que también forma parte del México que recibe al mundo.
Una primera contradicción aparece en la experiencia misma del mundial. Aunque se celebra en territorio mexicano, muchas de las actividades y espacios asociados al torneo parecen diseñados para sectores específicos de la población. Los elevados costos de boletos, las zonas exclusivas para aficionados y los complejos esquemas comerciales alrededor de las transmisiones alimentan la percepción de que el mundial sucede en México, pero no necesariamente para todos los mexicanos.
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A ello se suma la sensación de improvisación. Desde 2018 se conocía que México sería una de las sedes del Mundial 2026. Ocho años parecían suficientes para planear adecuadamente las obras necesarias. Sin embargo, en los días previos a la inauguración todavía era posible observar trabajos acelerados en espacios estratégicos como vialidades, sistemas de transporte y zonas cercanas a las sedes mundialistas.
Al mismo tiempo, las calles de la Ciudad de México se han convertido en escenario de múltiples expresiones de inconformidad social. Mientras integrantes de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) mantienen movilizaciones para exigir cambios en el sistema de pensiones y mejores condiciones laborales, otros colectivos y organizaciones también han aprovechado la atención mediática que genera el mundial para visibilizar sus propias demandas. Entre ellos se encuentran colectivos de familiares de personas desaparecidas y madres buscadoras, organizaciones de trabajadores de la salud que reclaman mejores condiciones para ejercer su labor, así como estudiantes normalistas que continúan exigiendo verdad y justicia por la desaparición de sus 43 compañeros de Ayotzinapa en 2014.
Para algunas personas estas manifestaciones representan caos y afectaciones a la movilidad. Sin embargo, también es un recordatorio de que la democracia implica la posibilidad de hacer visibles los problemas colectivos, especialmente cuando la atención internacional está puesta sobre el país. No resulta casual que diversas organizaciones levanten la voz durante las actividades mundialistas para hacer eco de sus demandas. Sí es el tiempo y sí es el espacio.
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En contraste, algunas decisiones gubernamentales parecen orientadas más a la construcción de una imagen que a la solución de problemas estructurales. La llamada “ajolotización” de espacios públicos, las modificaciones estéticas de última hora o los cambios improvisados en calendarios escolares y dinámicas urbanas reflejan una lógica donde la apariencia adquiere prioridad frente a desafíos mucho más urgentes relacionados con infraestructura, seguridad o derechos sociales.
Por supuesto, sería caprichoso negar los aspectos positivos del mundial. El torneo impulsa actividades económicas, fomenta intercambios culturales y fortalece sentimientos de identidad colectiva. Durante algunas semanas, millones de personas comparten emociones, esperanzas y celebraciones alrededor de un lenguaje común: el fútbol. Pero también es cierto que ningún espectáculo, por grande que sea, puede ocultar completamente la realidad.
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El Mundial proyecta al mundo una imagen de México festiva, diversa y apasionada. Sin embargo, detrás de los estadios llenos, las ceremonias espectaculares y las campañas publicitarias persisten problemas que exigen atención inmediata. Quizá el verdadero partido que se juega hoy no ocurre sobre el césped, sino en la capacidad del país para enfrentar las desigualdades, las violencias y las deudas históricas que continúan marcando la vida de millones de personas.





