Enero marca el inicio del año en el calendario actual, es decir, es el primer mes, pero no siempre fue así, pues detrás de su nombre y de su lugar privilegiado hay una larga historia que mezcla mitología romana, reformas políticas, creencias religiosas y decisiones que se tomaron hace más de dos mil años.

Y es que aunque hoy parece natural comenzar el año el 1 de enero, esta fecha es el resultado de siglos de ajustes y disputas sobre cómo medir el tiempo. El nombre de enero proviene del dios romano Jano, conocido en latín como Ianuarius.
Esta deidad estaba asociada a los comienzos, los finales y las transiciones, por lo que resultaba simbólicamente adecuada para representar el paso de un año a otro. Jano era representado con dos rostros: uno mirando hacia el pasado y otro hacia el futuro, una imagen que encaja con la idea de cerrar un ciclo e iniciar uno nuevo.
Para los romanos, enero también tenía un significado especial porque coincidía con el periodo posterior al solsticio de invierno, cuando los días comenzaban a alargarse. En una época marcada por el frío y la oscuridad, este cambio era interpretado como una señal de renovación y esperanza, lo que reforzaba su valor simbólico dentro del calendario.

¿Cómo se decidió que enero fuera el primer mes?
En el calendario romano más antiguo, el año no comenzaba en enero, sino en el mes de marzo. De hecho, los nombres de algunos meses aún conservan esa herencia: septiembre era el séptimo mes; octubre, el octavo; noviembre, el noveno; y diciembre, el décimo. Fue el rey Numa Pompilio quien añadió enero y febrero para ajustar el calendario al año solar, aunque marzo siguió siendo el primer mes durante varios siglos.
No fue sino hasta el siglo II a. C. cuando enero comenzó a ganar relevancia, al coincidir con la elección de cónsules y magistrados. Más tarde, en el año 46 a. C., Julio César impulsó una profunda reforma que dio origen al calendario juliano, base del sistema que usamos hoy. Siglos después, en 1582, el papa Gregorio XIII introdujo el calendario gregoriano y restableció oficialmente el 1 de enero como inicio del año en los países católicos.

Con el tiempo, esta convención se extendió al resto del mundo. Así, cada inicio de enero no solo marca un nuevo año, sino también la permanencia de una tradición heredada de la antigua Roma.





