Desde el Panteón Municipal de Puebla, Delfino —cremador— y Ángel Romero —sepulturero— hablaron desde su experiencia sobre las dificultades y los retos que plantean su oficio. Ambos coincidieron en que lo más difícil es tratar con infantes fallecidos, pues comparten el dolor.
La sala de cremación es un salón grande, semivacío pues dentro solo están el horno, su computadora, la plancha y unas cajas de archivo. Al fondo, hay una oficina donde Delfino y su compañero realizan los trámites correspondientes para poder realizar este proceso.
Es fría, solo se calienta cuando el horno llega a alcanzar los dos mil 500 grados centígrados, que es la temperatura necesaria para convertirse en polvo. Ahí, en ese lugar, Delfino lleva 12 años conviviendo tan cerca de la muerte, a la cual, según dijo, no hay que temerle.
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De cerca de un metro y 80 centímetros de altura, pelo cano y semblante serio, Delfino dijo que su primer acercamiento tratando a personas fallecidas fue en el anfiteatro de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), donde laboró poco tiempo.

En 2012 llegó al camposanto, primero realizando tareas de mantenimiento y remodelación. Posteriormente, su experiencia lo colocó dentro del crematorio. Es un hombre frío y seco, dice las cosas de manera contundente y precisa, lo que lo ha caracterizado en su labor.
Su filosofía para tratar a un cuerpo inerte es “trátalo, como quieran que te traten”. Por ello, dijo, no solo se trata de meter el cuerpo a la plancha y esperar a que haga combustión, sino que hay que “acomodarlos, sin azotarlo o maltratarlo; además de mantener el lugar limpio”, destacó.
Tratar con infantes, y más sí hay lazo afectivo, complica la labor: Delfino
Con frialdad, el hombre de complexión robusta y brazos fuertes, comentó que para el es de los más normal este trabajo, pero los lazos afectivos y tratar con infantes, complica la labor. No obstante, es muy difícil que le genere alguna emoción.
“Cuando hay lazo afectivo sí nos afecta, no voy a decir que no. Está el caso de una compañera que perdió sus bebés y pues sí sentí feo. Pero bueno, alguien tiene que hacer el trabajo”, dijo con resignación.
Aunado a ello, dice que también hay complicaciones cuando los familiares observan o llegan a despedirse de su ser querido.
“Ocurrió una vez en que una señora que tenía gemelos, uno de ellos falleció y se acercó y me dijo ‘¿lo puedo cargar?’, yo accedí, pero después me di cuenta que la regué”.

Respetuoso del dolor de los demás dijo la madre ya no quería soltarlo, por lo que le dio su espacio para que se despidiera de él.
Como principal responsable del área, señaló que antes de la pandemia se determinó que por hechos como el anterior o por desmayos de familiares que hubo dentro de la sala, se prohibió el paso.
“Es un muy impactante, muy grotesco, porque cuando está muy caliente el horno a los 20 centimetros de comenzar a tener contacto con el fuego, este se prende. Hay familiares que no aguantan”.
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Su familia respeta su trabajo y no muestra supersticiones al respecto. Finalmente, dijo que lo mejor es la cremación, por lo que él ya habló con sus familiares e hijo y les dijo que dejen irse de este mundo en cenizas.
“Dice la biblia: polvo somos y en polvo nos convertiremos”, dice Ángel, sepulturero
Dentro del panteón municipal, el olvido es el principal actor: criptas derrumbadas, hechas escombros, o con una cruz a medio oxidar, en medio de ellas salió Ángel Romero, carreta en mano, con el sudor en la frente y un sobrero de tela que apenas lo cubre del Sol.
Porta una playera de manga larga para evitar requemarse, relató que lleva entre nueve y 10 años trabajando en la necrópolis que alberga 37 mil 617 fosas, de las cuales solo 78 están disponibles según dijo el titular de Servicios Públicos del Ayuntamiento de Puebla, Clemente Gómez.

Además de sepulturero, se encarga de limpiar las criptas cada vez que los familiares se lo piden. Se muestra de otro ánimo, diferente a Delfino, con menos frialdad cuenta que llegó con nervios, pero es una “profesión de mucho respeto a los difuntitos”, dijo.
“Es su última morada, ellos vienen a descansar”, señaló.
También se le interrogó sobre las dificultades del oficio. En coincidencia con su compañero Delfino, Ángel compartió que su momento más difícil y donde compartió el dolor son los familaires, fue cuando enterró a una menor de 9 años.
“Me llegó a pasar cuando enterré a una niña de ocho o nueve años, los papás llegaron muy destrozados. Ahora sí como dicen, me entró la nostalgia ¿no? Fue un angelito que partió y ahora sí que no se le desea a nadie. Le soy franco: sí me conmovió”.
Algo que para él es indignante es que, al momento de preparar la fosa, es que encontró fetos entre la tierra, por lo que van a parar a la fosa común. Condenó, de acuerdo con sus creencias, que se realicen este tipo de actos.
En el cementerio no vale el dinero
Relató también que ha vivido peleas entre familiares, producto de la codicia. Resulta que él, como buen oyente, percibe que luego es por la herencia que comienzan estos conflictos.
“No entiendo por qué. Si aquí no vale tu dinero, tu casa, nada. Aquí vienes a descansar”, sentenció.
Por último, comentó un poco entre risas que su esposa tuvo miedo de su trabajo dentro del panteón, sobre todo por su hija que nació por aquellos años. Pero actualmente, ya no hay nada de eso.
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Ángel piensa “descansar” entre la tierra dentro de un ataúd, pues al final “como dice la biblia: polvo somos y en polvo nos convertiremos”.





