Mitos y realidades sobre el populismo obradorista



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José Zenteno

Primera de dos tres partes

La ola que arrasó en las elecciones de julio de 2018 se llama populismo, la representa Morena y la identifica Andrés Manuel López Obrador. Casi nadie puede rebatir lo anterior; sin embargo, muy pocos parecen comprender las implicaciones del cambio político que nos alcanzó.

La mayoría de las autoridades locales electas bajo las siglas de Morena ejercen su mandato sin saber porqué ganaron las elecciones y menos lo que la gente espera de ellas. Los opositores a Morena tampoco han salido del asombro, no alcanzan a dimensionar cuales fueron las causas de su derrota y no parece que tengan un plan para recuperar el terreno perdido, si a caso eso fuera posible.

Comencemos por adentrarnos en el populismo. Hay dos maneras de enfocar el fenómeno, desde la oferta y desde la demanda. La primera, significa que es un estilo de hacer política adoptado por un determinado líder, partido y/o movimiento. La segunda, refiere a un momento en la historia de un país en el que se presentó una crisis de representatividad de las instituciones políticas. Este doble enfoque permite la comprensión integral del fenómeno y evita que se le reste legitimidad como una manera de construir un vínculo político.

Es importante observar el hecho de que el populismo es un fenómeno mundial que se desató con fuerza en muchos países después de la crisis financiera del 2008. Las consecuencias económicas que padecieron muchas familias fueron un catalizador del descontento social y profundizó las diferencias entre los ciudadanos y la clase política. Fue entonces que la globalización dejó de ser atractiva para las clases medias y bajas de muchos países.

La crisis financiera puso en evidencia las consecuencias de un modelo económico en el que un colapso nacional tiene repercusiones en todo el mundo, además de generar concentración del ingreso, creciente empobrecimiento, inmovilidad social y oleadas de migrantes en muchas regiones del planeta.

Los políticos no tuvieron respuesta al entorno económico y social adverso para los ciudadanos, por lo que fueron percibidos como aliados de los grandes conglomerados económicos y financieros. Ese distanciamiento fue entendido como una forma de corrupción del sistema político, pues dejó de representar y de velar por los intereses de los ciudadanos.

La contribución de las redes sociales es un factor clave en este momento populista. Gracias a su poderosa capacidad de expandir información, fueron el medio ideal para romper el cerco que ejerció el Estado y los entramados institucionales sobre la discusión de asuntos públicos. Las demandas ciudadanas que hasta ese momento permanecían aisladas, pronto rompieron las antiguas barreras de clase social, barrio, ciudad, región e incluso nación. Al igual que crece la conciencia sobre la problemática que les aqueja, también crece una masa de ciudadanos empoderados que comienzan a reclamar a los políticos en forma cada vez más directa. Aunado a lo anterior, las redes sociales fueron y son el medio ideal para propagar indignación colectiva que, hoy sabemos, es casi ilimitada gracias a la manera en que operan sus algoritmos y a las reacciones químicas que producen en el cerebro humano.

El modelo económico neoliberal y las redes sociales fueron precursores del momento populista en México al igual que en Inglaterra, España, Francia, Italia, Estados Unidos, Ecuador, Brasil y otros muchos países. En todos los casos, no bastaba con el momento, pues se requería de un estilo populista para que la ola se hiciera presente.

El líder político que adopta un estilo populista logra aprovechar las condiciones que le ofrece el momento al instituir al “pueblo” como una identidad colectiva mediante la acción de su retórica. Esto significa que el pueblo existía como una masa o un conjunto de personas pero no como una identidad frente a algo o a alguien.

El discurso político constituye al pueblo al identificar al antagonista del mismo En México, el antagónico constituyente es la “mafia del poder”, “el prian”, “la oligarquía corrupta”, “la minoría rapaz”. Todos son recursos retóricos que dan vida al enemigo del pueblo en el discurso de López Obrador -al cual se ubica en las élites políticas y económicas-, y al vivificarlo también le da vida a la identidad del “pueblo” como un actor político.

El método en el populismo es el conflicto. La idea la propone uno de los precursores del nacional socialismo alemán, Carl Schmitt, en su libro “El concepto de lo político”. Al respecto, cito las palabras de la investigadora Concepción Delgado:

“El enemigo permite la identificación de la violencia, el reconocimiento del peligro y por lo tanto la posibilidad de la defensa, de la protección y de la tranquilidad. El reconocimiento del otro, del extranjero, del enemigo, permite la construcción de la identidad política.”

Es una estrategia maniquea que divide a la sociedad en buenos y malos, la confronta en una batalla permanente donde el único triunfador es el líder que instauró el conflicto y quien estará ocupado en mantener la frontera entre el antagónico constituyente y el pueblo. Por ese motivo el presidente López Obrador confronta y pone calificativos como “Fifí”, “canalla”, “mezquino”, “neofascista”, de la misma manera que ponía calificativos cuando era candidato.

El discurso populista apela al pasado perdido, a la felicidad robada por el antagonista del pueblo que conducirá a una crisis inminente. La catástrofe social anunciada es la vía rápida que utiliza el discurso populista para ganar el debate político y lograr la identificación clara y precisa del mal que la provoca. Al hacerlo, logra también resolver la angustia en la conciencia colectiva porque ya tiene a quien culpar de los males que le aquejan.

Al identificar el mal el populista avanza rápidamente en la construcción del “clamor” que resolverá el “dolor” del pueblo. Una vez fijada la crisis, el enemigo y el clamor se dibuja un horizonte compartido, una promesa de futuro posible en la cual el pueblo se reafirma como protagonista. El discurso de López Obrador articula el horizonte compartido en estos términos:

“en la cuarta transformación conseguiremos regenerar la vida pública de México y estaremos en el lado correcto de la historia”.

En resumen. Hemos dividido el concepto de populismo en 2 partes: momento y estilo. El momento populista es un fenómeno que se presentó en el mundo y en México como consecuencia de un modelo económico que ocasionó problemas sociales y una crisis de representación de las instituciones políticas. También ubicamos algunos de los elementos característicos del estilo populista, cuyo rasgo distintivo es la construcción del pueblo como actor político.

La próxima entrega continuaremos analizando las características del estilo populista.

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José Zenteno

Director de MAS DATA. Investigador de percepciones y preferencias públicas.

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