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Publicado enCírculo de escritores

Bordar memoria: cuando el hilo se rompe entre generaciones

En un mundo que privilegia la rapidez, la producción en masa y lo inmediato, el bordado, que requiere tiempo, paciencia y dedicación, parece quedarse sin lugar.
Columna de Académicos Ibero Puebla: Círculo de Escritores
Imagen de columna de Círculo de Escritores Créditos: Diseño MTP Noticias

Por Mtra. Pamela Gérman Rojas

En México, los bordados no son solamente adornos textiles. Son lenguaje, historia y memoria. En cada puntada se guarda un fragmento de identidad: los colores hablan de la tierra, los símbolos narran la cosmovisión de un pueblo y las formas reflejan la relación con la naturaleza, la comunidad y lo sagrado. Bordar, en muchas regiones del país, ha sido durante generaciones una forma de decir “aquí estamos”.

En estados como Oaxaca, Chiapas, Puebla, Yucatán o incluso algunas zonas de Tabasco, el bordado forma parte de la vida cotidiana y del patrimonio cultural. No es casualidad que muchas prendas tradicionales sean reconocidas a nivel internacional por su belleza y complejidad. Sin embargo, más allá de su valor estético o comercial, lo que realmente importa es lo que representan: una herencia viva que ha pasado de madres, padres a hijas e hijos, de abuelas y abuelos a nietas y nietos, como un acto íntimo de enseñanza, cuidado y pertenencia.

Pero algo está cambiando. Cada vez es más común escuchar que las nuevas generaciones ya no quieren aprender a bordar. Las razones son múltiples: la migración, la necesidad de incorporarse a otras actividades económicas, la influencia de la tecnología, el acceso a nuevos modelos de vida y, en muchos casos, la percepción de que estas prácticas “ya no sirven” o no son rentables. En un mundo que privilegia la rapidez, la producción en masa y lo inmediato, el bordado, que requiere tiempo, paciencia y dedicación, parece quedarse sin lugar.

Esta pérdida de interés no es un fenómeno menor. Cuando estas nuevas generaciones deciden no aprender a bordar, no solo se pierde una habilidad técnica; se rompe una cadena de transmisión cultural. Se interrumpe un diálogo entre familias. Se debilita un conocimiento que no está escrito en libros, sino en las manos de quienes lo practican. Y con ello, también se pone en riesgo una forma de identidad colectiva.

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Resulta paradójico que, mientras en las pasarelas internacionales se revaloran los textiles mexicanos, en las comunidades donde nacen estas tradiciones se enfrenten al desinterés y al abandono. En muchos casos, el reconocimiento externo no se traduce en mejores condiciones de vida para los y las artesanas ni en incentivos reales para que las nuevas generaciones continúen con el oficio.

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Hablar de bordados en México es, entonces, hablar también de desigualdad, de falta de oportunidades y de la urgencia de resignificar estas prácticas. No se trata de obligar a las y los jóvenes a seguir tradiciones por inercia, sino de generar condiciones para que puedan elegirlas con dignidad: que el bordado sea valorado, remunerado y reconocido como un saber legítimo.

Quizá el reto está en encontrar nuevas formas de conexión. Integrar el bordado en contextos contemporáneos, vincularlo con el diseño, la innovación y el mercado justo, sin despojarlo de su sentido cultural. Escuchar a las comunidades y permitir que sean ellas quienes definan cómo quieren preservar y transformar su legado.

En Casa IBERO, por ejemplo, tener talleres como “Entre hilos y nudos” da la pauta para que prácticas como el bordado, el tejido de crochet e incluso el macramé, sigan teniendo vigencia; aunado a crear un espacio no sólo de aprendizaje sino de conectar con otras, de despejar la mente y en donde se comparten conocimientos de todas las que forman parte del grupo, preservando lo que alguna vez, alguien antes de ellas, les transmitió.

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Porque cuando una abuela o abuelo deja de enseñar a bordar y las y los nietos dejan de aprender, no solo se pierde una técnica: se pierde una historia. Y cuando los hilos de la memoria se rompen, reconstruirlos puede tomar generaciones.