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Publicado enOff The Record

La obsesión de Lalo Rivera

VERANO EN PUEBLA
“PREVENCIÓN ÉPOCA DE LLUVIAS”
Ignacio Juárez

Eduardo Rivera Pérez vive una obsesión que lo ha llevado a comportarse como el político que más detestó: Rafael Moreno Valle.

La palabra “exterminio” ha sido pronunciada más de una ocasión por el alcalde de Puebla y su círculo cercano con evidente dedicatoria hacia el grupo de Genoveva Huerta Villegas y diferentes aliados, entre ellos Eduardo Alcántara Montiel, coordinador de la bancada del PAN en el Congreso del estado.

Exterminio es un verbo muy grave.

Entre otras cosas significa “acabar del todo con algo” y “matar o eliminar por completo de un lugar un conjunto de seres vivos”.

Un político que se asume como una opción para construir un futuro de concordia y desarrollo, no puede tener en su vocabulario una palabra de esa naturaleza.

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Rafael Moreno Valle era un político acostumbrado a un ejercicio de poder autoritario, despótico y pisar a sus adversarios, pero tenía una cualidad: primero hacía la oferta y si había un rechazo, la guerra estaba declarada.

En el caso de Eduardo Rivera no existe esta última cualidad.

¿Por qué tanto encono?

La respuesta no es sencilla. Una luz podría estar en la elección del dirigente municipal del PAN en la capital en 2019. Rivera Pérez, como todos sabemos, se decantó por Jesús Zaldívar Benavides y le negó la oportunidad de crecimiento a uno de sus más leales colaboradores, Eduardo Alcántara.

El problema es que el yunquista no tuvo el tino de medir la correlación de fuerzas. Alrededor de Zaldívar estuvo una amplia baraja de liderazgos encabezados por Jorge Aguilar Chedraui, Pablo Rodríguez Regordosa, Mario Riestra Piña, Ana Teresa Aranda, Humberto Aguilar Coronado.

Ante ese escenario, la lógica de Eduardo Rivera fue sumarse a la cargada con el objetivo de que todos ellos lo respaldaran como candidato a la presidencia municipal en 2021.

Un meteorito cayó en la elección interna que dejó mudos a Lalo Rivera y a sus aliados: Zaldívar apenas ganó con una diferencia de 198 votos. ¿Cómo era posible que Alcántara y un puñado de operadores pusiera contra la picota a todos los liderazgos panistas de cuño?

Fue ahí que surgió la versión que Alcántara fue respaldado por Fernando Manzanilla Prieto, quien intentó meter mano en Acción Nacional en un futurismo que le produjo su penosa defenestración.

Se dice que en política los acuerdos tienen fecha de caducidad y eso ocurrió en la interna del PAN en todos los sentidos, pero una cosa queda clara: Alcántara y sus aliados, principalmente Genoveva Huerta Villegas, demostraron que tenían la posibilidad de hacer cimbrar al panismo y a los vetustos líderes.

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El segundo golpe al yunquismo y la vieja guardia vino con la elección de los integrantes del Consejo Estatal del PAN. Algunos como Pablo Rodríguez y Rafael Micalco entendieron los nuevos aires y decidieron formar un bloque que los llevó a tener el control del órgano que definiría la convocatoria para candidatos y la Comisión Permanente.

Pese a la derrota en el Consejo Estatal, sólo Jesús Zaldívar y Mario Riestra siguieron activos en su afán por capitalizar el respaldo obtenido y traducirlo en una oportunidad para 2021, lo cual consiguieron de una manera brillante.

Sin el control del partido, Eduardo Rivera dejó de hacer lo más importante: política.

¿Por qué un hombre con esa experiencia haría algo así? Nadie lo sabe. Las conjeturas apuntan a dos escenarios: que estaba a la espera de que le dieran el banderazo de salida en el epicentro de la 4T y la otra que creyó que por ser el mejor ubicado en las encuestas era el candidato natural, es decir, Lalo Rivera por el simple hecho de ser Lalo Rivera debía ser el candidato.

Y ante el vacío de poder, el grupo en el Comité Directivo Estatal optó por hacer política. De entrada, cambiaron la forma de relación con la militancia. Antes era común que los líderes abogaran o negociaran por los diferentes grupos que cohabitan en estado. La estrategia fue sencilla: llamar por separado a los aspirantes y plantearles la opción: negociar directamente o dejar que su “líder” o “padrino” tomara la decisión por ellos.

Otra medida fue llamar a todos los aspirantes por municipio y levantar dos encuestas que serían pagadas por ellos. Los números definirían el poder de cada uno y los espacios que les correspondían de manera proporcional. Eso permitió la fuga de panistas e integró a los inconformes.

Más aún: para evitar una desbandada, la coalición Va por Puebla (PRI, PAN, PRD) “cachó” a sus diferentes inconformes y eso impidió una migración a Morena.

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El resultado estuvo a la vista. ¿Quiénes fueron lo resentidos? Aquellos que antes mandaban y quedaron encuerados.

Las semanas corrían y Eduardo Rivera simplemente no existía. “No me atiende”, “no me recibe”, “platica, pero no se compromete a nada”, “no está negociando nada”, “parece que todo lo quiere para él”, fueron las frases que se escucharon en esos angustiosos días para aquellos que seguían al cachorro del yunque.

Otro punto a destacar: Mientras Eduardo Rivera guardaba un silencio ominoso, Huerta Villegas decidió jugar su papel de oposición con el riesgo que eso implica. Al final, el tiempo le dio la razón ya que su antagonista, el gobernador de Puebla es un político de altura, conocedor de la oposición y respetuoso de quienes tienen oficio político.

Al observar que el tiempo pasaba, los emisarios del lalismo y los pocos aliados que le quedaban divulgaron la especie ante el Comité Directivo Nacional y Marko Cortés Mendoza que Genoveva Huerta y su equipo pretendían imponer a sus incondicionales, que había cerrazón, falta de diálogo y no había inclusión.

Al principio, Cortés Mendoza se compró la historia, pero poco a poco confirmó que no era real. Una muestra evidente es que tanto Mario Riestra como Jesús Zaldívar tuvieron espacio sin chistar y les abrieron espacios para que fueran ungidos como candidatos.

Ana Teresa Aranda, por ejemplo, logró la candidatura a diputada federal por la apertura que tuvo el CDE.

De manera estratégica, la definición por la candidatura a la presidencia municipal de Puebla fue dejada al final. ¿Cuál fue la realidad? Que Eduardo Rivera estuvo a punto de no ser el candidato y qué José Chedraui Budib se quedó a segundos de la meta.

La primera propuesta para la unción de Rivera Pérez fue presentada en una mesa en el CEN del PAN y fue rechazada por el yunquista con un desplante que sorprendió a todos. Incluía, la repartición de regidurías de manera proporcional para que todos los grupos estuvieran representados.

De no ser por la intervención de Jesús Zaldívar, Marko Cortés dejó de analizar la posibilidad de abrir la puerta de Pepe Chedraui. Enojado e inconforme, Eduardo Rivera cedió a la distribución de regidurías y al famoso 25 por ciento de espacios en el Ayuntamiento de Puebla para militantes que no formaran parte del lalismo y anexas.

Con el acuerdo cerrado el PAN fue en conjunto. La capital poblana comenzó a verse como la joya de la corona debido al rechazo generalizado que despertó el gobierno de Claudia Rivera Vivanco. Lalo Rivera aprovechó esa situación para venderse como el salvador del panismo, pero un análisis frío deja la duda permanente de la elección de 2021: ¿Ganó Eduardo Rivera o perdió Claudia Rivera? Un dato adicional: ¿hay forma de no ganar un municipio con una alcaldesa con el 80 por ciento del repudio ciudadano?

El triunfo en las urnas llegó y con eso la soberbia. Fue ahí que salió a la luz la otra personalidad de Rivera Pérez: la sombra de Moreno Valle. Y la elección para la dirigencia estatal la tomó como su caja de resonancia para evitar todo lo que le ocurrió en el pasado, aunque significara destruir los contrapesos necesarios y saludables en el PAN.

Al controlar el partido controla la designación de candidatos a 2024, puede cargar la balanza en la renovación del Consejo Estatal el próximo año y quitar al coordinador de la bancada pianista en el Congreso local.

En la elección panista están en juego dos visiones de partido: la ultraderecha que todos conocemos: convenenciera, puesta al mejor postor, pacata y autoritaria. Eduardo Rivera, de hecho, arropa a todos aquellos sectores que la 4T detesta: las cámaras empresariales, a los Jenkins de Landa, a los galicistas que se enriquecieron al amparo del poder. El Yunque apuesta a lo único que sabe: controlar el partido y los negocios al amparo del poder. Moreno Valle hacía lo mismo pero por lo menos tenía proyecto nacional.

Lalo Rivera es un actor indispensable e importante en el PAN. Tiene un peso como nadie en la percepción ciudadana y a su merced está un gobierno que lo puede apuntalar,ero aun así no le basta para ganar.

Eliminar los contrapesos al interior de tu partido por un revanchismo o porque puedan cerrarte el paso en la carrera rumbo a 2024 no solo es una pésima idea sino que deja en claro la esencia del político que pretende tomar las riendas del estado.

Del otro lado está un grupo que pretende hacer una refundación panista y darle cara a un partido sin Rafael Moreno Valle, entendiendo que no hay partido de un solo hombre y que para ganar se necesita de todos. Para que todos estén debe haber diálogo, éste lleva al acuerdo y la conclusión es un equilibrio que permite la fortaleza de la oposición. Podrá sonar muy romántica la apuesta de Genoveva Huerta, pero los hechos ahí están.

Por eso ahora es risible que la maquinaria lalista difunda traiciones y persecuciones del pasado contra los que fueron sus aliados en 2019; o que monten la narrativa del fraude como una alternativa en caso de las cosas no resulten como lo desean.

Ahora ya sabe lo que hay detrás de la elección del nuevo dirigente del PAN.

Por Ignacio Juárez Galindo / @ignacio_angel

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Ignacio Juárez Galindo

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